Lo que perdemos sin ver las estrellas

Desde niño crecí leyendo relatos sobre grandes pensadores de antiguos tiempos, personas que dedicaban su vida a aportar una nueva perspectiva de ver la vida.  Ellos, probablemente se inspiraban en la inmensidad de la noche y en la belleza de las estrellas para crear ideas o cosas que cambiaron la forma en que vivimos hoy.

Galileo Galilei, por ejemplo, usó el telescopio para observar lo que había allá arriba y fue uno de los primeros en plantar la semilla de la curiosidad para buscar más allá del cielo. Muchas de esas personas pasaban horas observando la noche, y pocas cosas pueden hacerte sentir al mismo tiempo insignificante y enorme, como contemplar un cielo estrellado.

La sensación es única: mirar la inmensidad del espacio y saber que lo que alcanzan a ver tus ojos representa una millonésima parte de lo que es el Universo, sentirme pequeño y con ganas de explorar más haya. Estas son las primeras ideas que vienen a mi cabeza cuando veo las estrellas.

Pero tengo un problema, cada vez puedo ver menos y menos estrellas desde el lugar donde vivo. Los libros, relatos y poemas nos hablan de un cielo nocturno inundado de estrellas, que con su resplandor iluminan la noche. Lo que veo desde mi ciudad es apenas un pequeño puñado perdido entre un cielo gris, manchado por un resplandor blanco-amarillento que envuelve todo. Hasta que tuve conocimiento y conciencia del impacto de la luz artificial sobre nuestro cielo nocturno, comprendí porqué muchos de los niños de mi generación no soñamos con ser astronautas y llegar al espacio. Lo que tuvimos sobre nuestra cabeza al llegar la noche, era un muro de luz dispersada que nos impedía ver y soñar con las estrellas.
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Fuente: Expansión

En los últimos 150 años, cada vez mas seres humanos crecemos con menos y menos inspiración a partir de los cielos estrellados, de las narraciones sobre esas figuras y constelaciones, o de la magnificencia de nuestra galaxia. Según el último atlas mundial sobre contaminación lumínica, tres cuartas partes de la población mundial actual vive en una zona donde la Vía Láctea simplemente no se ve, debido al brillo del cielo nocturno. Yo soy parte de ese porcentaje.

Ante esto, no me parece descabellado que las ciencias y las artes sean de los sectores menos apoyados por los gobiernos de la mayoría de los países. Desde mi punto de vista, la contaminación lumínica ha contribuido a la pérdida de ese sentimiento humano de curiosidad por las estrellas, pero también nos ha hecho olvidar que somos como una minúscula gota en un mar de galaxias.

Por otro lado, el uso regular, fácil y económico de la luz artificial nocturna nos ha dado una falsa sensación de progreso. Incluso la iluminación nocturna de edificios, iglesias y parques nos produce una sensación de belleza y estética. Hasta el nivel socioeconómico puede medirse a partir del despilfarro de la iluminación artificial que llega a los satélites sobre la Tierra.  La contaminación lumínica, al igual que los otros tipos de contaminación, nos recuerda a cada instante que mucho de lo que hacemos no es ni bello ni inteligente. Entre más perdemos nuestros cielos oscuros, menos conexión tenemos con el universo, perdemos nuestra humanidad y nos encapsulamos en un planeta del cual nos creemos  dueños,  perdemos una de los mayores incentivos que nos recordaba lo insignificantes que somos en el universo y que solo tenemos un hogar, al que hay que cuidar, el planeta tierra.

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